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domingo, 9 de junio de 2024

Los momentos para filosofar


En la vida cotidiana estamos sumamente ocupados con nuestras actividades diarias. Tenemos poco contacto con la naturaleza y estamos como encerrados en nosotros mismos. 
    No obstante, al mismo tiempo existen determinados momentos que nos predisponen a filosofar y nos posibilitan pensar nuestra existencia desde otra perspectivas.

En el día a día, cuando transcurre la rutina no estamos pensando todo el tiempo de forma filosófica. Pero si de repente, nos damos cuenta de que algo falla, pensamos qué hacer y allí es cuando aparecen las preguntas. 
    De tanto pensar nos sobreviene una situación de inestabilidad que nos conmueve y nos dispara la inquietud de saber por qué nos está pasando esto. Esas situaciones pueden ser entendidas como crisis y donde parece romperse algo en nuestro interior.
    Según el filósofo alemán, Karl Jaspers en su libro La filosofía determina que existen al menos tres momentos para filosofar: la duda, el asombro y las situaciones límites. Pero, desde mi punto de vista, esta consideración si bien es válida se le añaden dos momentos que generan la misma sensación disruptiva de lo cotidiano y que también poseen un poder que nos incitan a sumergirnos en la pregunta filosófica. Estos momentos también lo son los cambios de estación y los días domingos.

    A continuación, veamos de qué trata cada uno:

La duda


Normalmente ante aquello que se nos presenta como naturalmente establecido, obvio y normal, es poco probable que cuestionemos su origen porque se entiende que si existe es porque tiene un propósito, una utilidad y un porqué.
    No obstante, en la cotidianeidad pueden surgir cierta situaciones en las que esa normalidad de la que acostumbramos se encuentre interrumpida por “algo”, generando en nosotros una profunda sensación de incertidumbre. Es allí donde nos suscita la duda.
    Cuando la duda aparece nos genera zozobra, inquietud e incomodidad porque desestabiliza los cimientos de nuestro marco conceptual de conocimiento, haciendo que comencemos a interrogar lo que sabemos.  Advertimos que todo saber puede fallar y desconfiamos de ese saber.  
    De esta manera, la duda puede ser entendida como un primer momento para filosofar cuando es utilizada como un momento de indagación y de cuestionamiento de lo que en un primer momento fue aceptado como válido e indiscutible. Con la duda, lo que nos parecía obvio resulta que luego es falso.

El asombro


El asombro es un término cuya etimología permite ser entendido como la ausencia de luz o como aquello que permanece en las sombras. Se está en la sombra con respecto al conocimiento, que como luz nos viene a iluminar para salir de la penumbra que es la ignorancia. 
    Este salirse de las sombras nos provoca admiración y viene a darnos cuenta de que no lo sabemos todo, sino que ignoramos demasiado. Por eso, es que preguntamos por aquello que nos causa asombro ante lo inesperado.
   En este sentido, el asombro puede ser entendido también como un momento para filosofar porque nos permite preguntarnos el porqué y hacer filosofía desde la perplejidad y desde la extrañeza.

Las situaciones límites


A lo largo de la vida las situaciones a las cuales nos enfrentamos son dinámicas y nos generan diversas respuestas de nuestra parte. 
    Sin embargo, existen otras situaciones que no cambian a lo largo del tiempo y no pueden resolverse. Estas situaciones resultan ser fundamentales, definitivas, nos revelan nuestros límites y a la vez nos dan un baño de humildad: no podemos no morir, no podemos no sentir dolor, no podemos no angustiarnos.  
    Por lo general, nos damos cuenta de estar en una situación límite cuando vivimos momentos difíciles que nos predisponen a pensar en la finitud de la existencia como resulta la muerte de un ser querido, la enfermedad de un familiar o el fracaso amoroso.  
    De esta manera, las situaciones límites nos llevan a tener conciencia de nuestros límites y nos predisponen a emprender el camino del filosofar, porque de ellas surge necesariamente en nosotros la pregunta por el sentido de las cosas.

Los cambios de estaciones 


Es indudable que el clima tiene una incidencia fundamental en nuestro cuerpo y de acuerdo a cómo resulte estar el día,  también lo va a estar nuestro ánimo. 
    ¿Quién alguna vez no se preguntó por qué en los días soleados uno tiende a estar más feliz que en los días nublados? ¿Por qué la gente se siente un poco más decaída en invierno que en verano?
    Los cambios de estación afectan nuestros ritmos de vida porque los hábitos se ven contrariados y eso nos afecta. Con el verano o la primavera, solemos pasar más tiempo fuera de casa y alargar la hora de irse a dormir. Mientras que en otoño e invierno realizamos más actividades en casa y eso nos da modorra. 
    Con el mal tiempo y las condiciones climatológicas adversas también ocurre algo similar. Cuando llueve o está nublado solemos sentir tristeza, melancolía o mal humor, en cambio cuando está soleado y despejado tendemos a estar más alegres y de buen humor.
    Si bien parecería que no hay una explicación fundamentada acerca de este vínculo entre el clima y nuestros pensamientos, sí se puede decir que estas variaciones temporales y emocionales pueden servir también como punto de partida para la reflexión filosófica.

Los domingos


Los días domingos representan el fin de semana, pero a la vez marcan el inicio de lo que va a venir y de lo cual ignoramos cómo será. De allí que estos días tengan cierto aire de incertidumbre y de angustia. 
    Los domingos son el día de descanso de la semana donde la mente se distiende por completo porque no se encuentra ocupada como sucede en la rutina semanal. Por eso, estos días nos brindan ese sentimiento de libertad que otros días no tienen y esa distensión mental es la que nos puede predisponer a pensar de una manera más reflexiva y existencial. 
    Escaparle al pensar cotidiano que nos apega a vivir una existencia inauténtica en el que uno se encuentra confundido en la masa y no es nadie, sino uno más. El filósofo alemán, Martin Heidegger lo entendía como el impersonal “se”. Pensar lo que se piensa, sentir lo que se siente, desear lo que se desea. Esa totalidad de la que el humano es parte y que se relaciona a la reproducción de las ideas que se creen como propias, sin embargo, estas no son más que formatos previos y preestablecidos de los cuales, el humano, se encuentra inserto. 
    Por eso, los días domingos si bien pueden ser entendidos como el momento de descanso de toda una semana de trabajo, también pueden entenderse como una oportunidad para filosofar, porque nos devuelve esa conciencia de finitud que tapamos en el día a día y a vivir una existencia más auténtica. 


Conclusión


Como se ha visto, no estamos todo el tiempo haciendo filosofía porque durante la mayor parte del tiempo vivimos concentrados en cuestiones que nos demanda la rutina y el trabajo. 
    Más allá de esto, es importante saber que también existen determinados momentos en los que, si uno los aprovecha, pueden ser el punto de partida para hacer filosofía y pensar todo desde otra perspectiva. 







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