Todo tiene un final, pero ¿Por qué todo tiene que terminarse? Esta es una pregunta que tal vez no tiene una respuesta definitiva y es en esa imposibilidad donde radica su misterio.
Desde el fin de una etapa o la muerte misma, los finales despiertan en nosotros emociones complejas y contradictorias. ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar que todo tiene un final? ¿Qué hay detrás de querer que algo dure para siempre, aun cuando sabemos que es imposible?
¿Por qué queremos que todo dure para siempre?
Es indudable que nos cuesta aceptar los finales porque nuestro deseo primordial es que las cosas duren para siempre. Este deseo se refleja en la cultura, en las artes y en las relaciones humanas. Queremos que los momentos buenos perduren y que el tiempo se detenga cuando estamos felices. Sin embargo, los finales nos recuerdan que nada es eterno, sin más bien limitado.
Esta necesidad de permanencia choca con la realidad de los finales, generando conflictos internos. Nuestra mente sabe que todo se termina, pero a la vez quiere que esto no sea así y perdure infinitamente. Es por eso que a veces nos resulta doloroso como decirle adiós a una persona, cerrar una etapa o una rutina a la que estamos acostumbrados. Nos aferramos al "para siempre" a pesar de que en lo profundo sabemos que es imposible.
La paradoja existencial de los finales: todo termina y no queremos que ocurra
El ser humano vive en una constante paradoja o más bien, la existencia misma es una paradoja. Sabemos que todo termina, que estamos de paso y tenemos fecha de vencimiento, no obstante deseamos profundamente que las cosas duren más tiempo y mejor aún, si éstas son para siempre.
Esta "tensión irresoluble" nos acompaña a lo largo de la vida, creando una relación de ambivalencia hacia los finales. ¿Por qué no estamos preparados para los finales? En parte, porque sabemos que cuando algo termina nos pone frente a nuestra propia finitud. Como humanos, no solo entendemos que la vida tiene un desenlace, sino que también nos resistimos a aceptarlo, generando un conflicto constante entre lo que sabemos y lo que queremos. Sin embargo, ante el final que es la muerte, o podemos hacer absolutamente nada.
La angustia y los finales
La idea de que “todo tiene un final” provoca en muchos de nosotros una angustia existencial. Esta emoción es más que simple miedo; es una reacción ante el reconocimiento de que nada es eterno, ni siquiera nuestra propia vida.
La filosofía existencialista, en especial las ideas de Martin Heidegger y Jean-Paul Sartre, explora este temor y sugiere que el ser humano es único precisamente porque tiene la capacidad de ser consciente de su propia muerte. Por lo que, la angustia ante el final no es más que el reflejo de ese conocimiento.
La conciencia de que "todo termina" es tanto una carga como una oportunidad. Nos recuerda que la vida es limitada y, por lo tanto, valiosa. Pero también nos deja vulnerables, enfrentándonos a la pregunta: ¿estamos realmente aprovechando cada momento antes de que llegue el desenlace?
Desde el momento en que nos damos cuenta de que somos seres finitos, aparece un sentimiento incómodo, una mezcla de incertidumbre y miedo ante la idea de que todo algún día acabará. Este sentimiento, conocido como angustia existencial, fue explorado por filósofos existencialistas que afirmaron que esa conciencia de la muerte (o del final) nos hace únicos como seres humanos.
Para Heidegger, por ejemplo, el ser humano es el único ser consciente de su propia finitud. Esto genera una dualidad: por un lado, nos invita a darle sentido a la vida y aprovechar cada momento; por otro, produce angustia. Es como si el final estuviera siempre presente, susurrándonos que la vida es frágil y limitada. Sin embargo, en lugar de enfrentarlo, a menudo intentamos ignorarlo, vivir como si el tiempo no avanzara y el desenlace no existiera.
Cuando los finales son necesarios
Aunque parezca que los finales solo traen dolor, también tienen un papel positivo en nuestras vidas. Si las cosas no tuvieran un desenlace, posiblemente perderían su valor o se tornarían imposibles de vivir. Tomemos como ejemplo el final de una historia: si no existiera, si los eventos simplemente continuaran indefinidamente, ¿realmente tendría sentido la narrativa? El final de algo nos permite comprender, darle perspectiva y significado a lo vivido. Es así que los finales, aunque temidos, cumplen una función esencial en la construcción del sentido de nuestras experiencias.
El filósofo francés Albert Camus propuso que, aunque la vida pueda parecer absurda en su falta de un significado último, podemos encontrar sentido en cada etapa y en cada experiencia. En este sentido, los finales funcionan como puntos de cierre que nos permiten construir un relato de nuestra vida, dándole estructura y propósito. Aceptar el fin de ciclo nos obliga a mirar atrás y valorar cada momento, algo que de otra manera podría pasar desapercibido.
¿Por qué le tememos a la muerte?
Si existe un final que más nos aterra y con el que más luchamos, es el de la muerte. La muerte es el desenlace definitivo, el fin de toda experiencia consciente, y culturalmente, representa uno de los mayores miedos de la humanidad. Desde la perspectiva estoica, aceptar la muerte es el paso hacia una vida más plena, mientras que para Epicuro, la muerte es irrelevante para los vivos, ya que nunca la experimentamos realmente.
No obstante, nuestra resistencia a la idea de la muerte suele estar acompañada de un profundo sentimiento de pérdida y de separación. La muerte no solo significa el fin de una vida, sino también el cierre de todas las posibilidades futuras. Este miedo también explica nuestra reacción ante otros finales menores: en cierto sentido, todos nos recuerdan, de alguna manera, a ese último desenlace del que no podemos escapar.
Los finales como nuevos comienzos
Cada final abre la puerta a un nuevo comienzo. Esta idea, aunque reconfortante, es también una lección que aprendemos lentamente. El fin de ciclo es parte del ciclo de la vida misma. En muchas culturas, en especial en el pensamiento oriental y en el budismo, se habla de la vida como una rueda en la que cada cierre lleva inevitablemente a una apertura.
Aceptar los finales, entonces, es una manera de alinearnos con la naturaleza misma de la existencia, donde el cambio es constante y nada permanece para siempre. En lugar de temer cada desenlace, el pensamiento budista nos invita a ver cada final como una transformación, como una oportunidad de crecimiento y evolución. Pero ¿es posible aceptar los finales?
Aceptar los finales no es una tarea fácil, pero entender su inevitabilidad y propósito puede ayudarnos a enfrentarlos con mayor serenidad. Aquí algunos enfoques para hacerlo:
- Aceptar la impermanencia: Todo en la vida es temporal. Esta idea, aunque difícil de asimilar, nos permite vivir sin aferrarnos al deseo de eternidad. La filosofía estoica sugiere que aceptar la impermanencia nos prepara para enfrentar los cambios con mayor resiliencia.
- Reflexionar sobre la muerte y la vida: Aunque parezca sombrío, reflexionar sobre la muerte nos ayuda a valorar la vida. Saber que nuestra existencia tiene un límite nos recuerda la importancia de vivir plenamente el presente.
- Buscar sentido en cada experiencia: Los finales también nos brindan la oportunidad de construir significado. Cada etapa que cerramos, cada relación que termina, cada ciclo que se completa, nos permite apreciar lo vivido y dar sentido a lo que viene después.
- Aprovechar cada instante: Entender que todo tiene un desenlace nos invita a vivir el presente con intensidad. En lugar de preocuparnos por el fin, podemos enfocarnos en disfrutar el camino.
Reflexión final: ¿Por qué no estamos preparados para los finales?
En última instancia, la paradoja existencial de los finales persiste: sabemos que la vida es finita, pero no queremos que termine. Esta resistencia nos enfrenta a una tensión que es tanto un desafío como una oportunidad. Si bien los finales nos generan angustia y tristeza, también son el recordatorio de que cada momento es valioso precisamente porque no dura para siempre.
Aceptar que "todo termina" no es renunciar al deseo de vivir plenamente, sino aprender a valorar cada ciclo, cada experiencia y cada relación mientras están presentes. Enfrentar los finales es, en definitiva, aprender a vivir de una manera más consciente y auténtica, abrazando tanto el inicio como el fin de cada etapa. Así, quizás podamos ahorrarnos parte de la angustia y aprender a disfrutar incluso de aquello que sabemos que, tarde o temprano, llegará a su fin.
Cada final es una oportunidad para construir algo nuevo y para apreciar, más profundamente, lo que somos y lo que tenemos.

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