¿Por qué siempre nos comportamos de cierta manera en la escuela, en el trabajo o incluso en casa? ¿Por qué seguimos ciertas normas sin que nadie nos lo ordene directamente?
Esto es algo que Michel Foucault analizó en profundidad y en su obra, nos muestra cómo el poder no siempre viene de los gobernantes o figuras de autoridad, sino de lugares que ni siquiera sospechamos, como la escuela, la cárcel o incluso el cuerpo humano.
En el siguiente artículo, veremos porqué para Foucault el poder, en lugar de reprimir, nos normaliza.
El poder no reprime, sino que normaliza
Cuando pensamos en el poder, lo primero que se nos viene a la mente es alguien con autoridad: un presidente, un jefe o una figura importante. Pero para Foucault, el poder no funciona solo de esta manera. Él dice que el poder está en todas partes y no necesita ser violento o visible para controlarnos. El poder, según Foucault, no es algo que alguien tiene, sino algo que circula cotidianamente. Todos estamos involucrados en relaciones de poder, incluso en los lugares más comunes.
Uno de los puntos clave de Foucault es cómo el poder nos normaliza. ¿Qué significa esto? En términos simples, se trata de cómo las normas y reglas de la sociedad nos hacen actuar de cierta manera, hasta el punto en que lo vemos como “normal”. Por ejemplo, ¿Por qué nos sentamos derecho en clase? ¿Por qué no hablamos en voz alta en una biblioteca? Son cosas que nadie tiene que decirnos directamente, pero las hacemos porque hemos sido disciplinados para hacerlo desde pequeños.
Las instituciones del disciplinamiento: ¿Cómo nos controlan?
Para Foucault, las instituciones como la escuela, la cárcel, el manicomio o incluso la fábrica son los lugares donde este tipo de poder disciplinario se aplica. Estas instituciones tienen una cosa en común: están diseñadas para controlar nuestra conducta. Aquí el poder no se manifiesta con castigos brutales (aunque eso puede ocurrir), sino con normas, vigilancia y una sutil disciplina que nos moldea casi sin darnos cuenta.
En la escuela, aprendemos a ser obedientes, a cumplir horarios y a respetar ciertas normas de conducta. No se trata solo de aprender matemáticas o historia, sino también de disciplinar nuestros cuerpos. Piensa en cómo nos sentamos, levantamos la mano para hablar y seguimos los tiempos marcados por el timbre. Según Foucault, este tipo de control está en el corazón de cómo el poder se infiltra en la vida diaria, normalizando nuestra conducta.
Si la escuela es un lugar de disciplina sutil, la cárcel y el manicomio son ejemplos más extremos del control. En estos lugares, las personas son vigiladas constantemente, y tanto sus movimientos como comportamientos están restringidos de manera más evidente. Aquí se ve de manera más clara el objetivo del poder: corregir las conductas que se consideran fuera de la norma.
El modelo panóptico: ser controlado sin saberlo
Uno de los conceptos más famosos de Foucault es el Modelo Panóptico, una idea inspirada en un diseño de prisión creado por el filósofo Jeremy Bentham. El Panóptico es una torre de vigilancia ubicada en el centro de una prisión, desde la cual los guardias pueden ver a los prisioneros en todo momento, pero los prisioneros no saben cuándo están siendo observados. Foucault utiliza esta metáfora para explicar cómo funciona el poder en la sociedad moderna.
El panóptico no es solo una estructura física, es un modelo de cómo el poder nos vigila. Aunque no siempre hay alguien mirándonos, actuamos como si lo hubiera. Este es el truco del poder: no necesita usar la fuerza si logra que actuemos de acuerdo con las reglas por miedo a ser observados.
En la vida cotidiana, este tipo de vigilancia puede verse en las cámaras urbanas, en los exámenes escolares o incluso en las redes sociales, donde sentimos que siempre estamos siendo evaluados y observados.
El poder sobre el cuerpo
Otra idea central en Foucault es cómo el poder no solo controla nuestras acciones, sino también nuestro cuerpo. El cuerpo es el primer lugar donde se ejerce la disciplina. Piensa en cómo te enseñan a sentarte bien, a moverte de cierta manera, a controlar tus emociones. Todo esto forma parte del control que las instituciones de disciplinamiento ejercen sobre nosotros desde pequeños.
Para Foucault, el poder también se infiltra en algo tan íntimo como nuestra sexualidad. Las normas sobre el sexo no son naturales, sino que han sido impuestas por las instituciones a lo largo de la historia. La forma en que entendemos el cuerpo y el sexo está influenciada por el poder.
En otras épocas, por ejemplo, hablar de homosexualidad o practicarla era visto como algo “anormal”, y las instituciones, como la iglesia o la medicina, se encargaban de corregir estas conductas. Hoy en día, estas normas han cambiado, pero siguen estando presentes en nuestra vida diaria.
¿Cómo resistir ante el poder?
Si el poder está en todas partes, en las normas que seguimos y en las instituciones que nos rodean, ¿Podemos escapar de él? ¿Qué hacer ante este panorama desolador?
Según Foucault, no es tan sencillo. El poder es inevitable, pero lo que podemos hacer es entenderlo y resistirlo de maneras pequeñas. Ser conscientes de cómo nos moldean las instituciones y cómo el poder influye en nuestra conducta nos da una cierta libertad para, al menos, cuestionarlo.
Una vez que entendemos cómo el poder nos normaliza, podemos buscar formas de resistencia. Esto no significa una rebelión masiva, sino pequeños actos que nos permiten alejarnos de las normas establecidas. Puede ser tan simple como cuestionar por qué hacemos las cosas de una manera y no de otra, o como elegir no seguir ciertas reglas que consideramos injustas.
Conclusión
La visión de Foucault sobre el poder es compleja, pero fundamental para entender cómo vivimos en sociedad. No es solo un poder que se impone desde arriba, sino uno que circula entre todos nosotros.
Las instituciones de disciplinamiento como la escuela, la cárcel o el manicomio son ejemplos claros de cómo el poder nos normaliza y controla nuestras conductas sin que siquiera lo notemos.
Desde el cuerpo hasta la sexualidad, el poder está en todas partes, moldeando quiénes somos y cómo actuamos. Pero si aprendemos a identificarlo, también podemos encontrar formas de resistencia y cuestionar las normas que nos parecen injustas.

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